Legionarios de Cristo
El rey mendigo 

 

Salamanca, 1 de marzo de 2019

Había una vez un rey al que todos conocían por su bondad y magnanimidad. Siempre estaba pendiente de las necesidades de su pueblo y todos sus súbditos lo amaban. Era muy feliz cuidando de todos ellos, pero le preocupaba una cosa: debía encontrar un sucesor digno del trono, pues era mayor y no tenía herederos.
Tenía claro que, para encontrarlo, era preciso mezclarse entre el pueblo sin ser reconocido. Solo así podría descubrir aquella persona verdaderamente desinteresada que pudiera sucederle. Para ello, decidió disfrazarse de mendigo y comenzó a recorrer el reino en su búsqueda.
En una remota aldea, un grupo de forajidos lo asaltó, dejándole malherido y robándole las monedas que había llevado para su largo viaje. El rey, totalmente desvalido, se convirtió entonces en un verdadero mendigo. Pasaba mucha necesidad y, por más que pedía, apenas conseguía lo mínimo para sobrevivir.
Un buen día, un humilde joven lo vio tirado en la calle y sin pensarlo dos veces lo llevó a su casa para cuidar de él. A medida que pasaban los días, el rey comprobaba como este joven sin apenas recursos se desvivía por atenderlo y proporcionarle todo lo que podía, sin esperar nada a cambio. Cuando el rey se sintió con algo de fuerzas decidió emprender el camino de regreso a palacio. Su búsqueda había concluido.
Semanas después el rey, acompañado de toda la corte, se presentó en la puerta de la casa del joven. Al abrir la puerta, el muchacho, asombrado, reconoció en el rey al viejo mendigo que había cuidado. Ante el asombro de todos, el rey anunció a voz en grito: “¡Tú heredaras mi reino!”

Al igual que el rey de este relato, Dios se “esconde” en las personas que se cruzan en nuestra vida. Cada encuentro con el prójimo es una oportunidad para hacer el bien y ayudar, sabiendo que detrás está el mismo Jesucristo.
Así nos lo recuerda el relato del Evangelio: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; sediento, y te dimos de beber; desnudo, y te vestimos? […] Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con el más
pequeño de mis hermanos, lo hicisteis conmigo” (Mt. 25, 37-40).

 

 

Actualmente, se forman en estos centros 994 jóvenes (433 en seminarios menores y 561 en seminarios mayores). Estas nuevas vocaciones son un gran regalo para la Iglesia. Pero
garantizar su manuntención y afrontar sus costes de formación es un gran reto. Hace falta que miles de personas respondan a estas peticiones de ayuda.
Usted y yo sabemos que el mundo necesita con urgencia santos sacerdotes que hagan presente a Cristo en esta sociedad.
Por eso debemos rezar insistentemente a Dios por las nuevas vocaciones. También es vital que los católicos sostengan con sus donativos periódicos los seminarios de todo el mundo.
Recurro a usted en la esperanza de que pueda ayudarnos con una beca de 12 € al mes, que sirva para el sostenimiento de uno de nuestros seminaristas.
No tengo duda que Dios sabrá pagarle mejor que yo su generosidad y sacrificio, pues, al igual que el joven de esta carta, usted estará saliendo al encuentro de Jesucristo encarnado en su Iglesia.
Gracias de corazón por su ayuda,

 

 

P. José Félix Medina,
L.C. Rector del seminario de Salamanca

P. D.: Le animo a vivir esta Cuaresma siguiendo los medios que la Iglesia nos propone: el ayuno, la oración y la limosna,
teniendo siempre presente que este tiempo fuerte de preparación trae consigo el mayor de los tesoros: ser herederos
del Reino de Dios por la Muerte y Resurrección de su hijo Jesucristo.

 

 

 

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