Soledad

Legionarios de Cristo

Soledad

Cuando estaba destinado en Madrid, solía visitar a María, una señora ya muy mayor que ayudaba con sus donativos a nuestro seminario. En dos ocasiones le di la Unción de los enfermos, pues su salud era cada vez más delicada.

A sus 93 años, María mantenía una lucidez increíble para su edad. Sin embargo, su cuerpo se había ido deteriorando: prácticamente había perdido la visión, tenía unos terribles dolores de espalda y su corazón empezaba a fallar.

A pesar de todo el mayor martirio de la vida de María no era su tremendo sufrimiento físico, sino su soledad.
La primera vez que la visité me sobrecogió su situación: no salía de casa; nadie la visitaba; sus días se limitaban a levantarse, comer, sentarse en su sillón y escuchar de fondo el sonido de la televisión para sentir algo de “compañía”. Su vida parecía no tener ya sentido.

Como María, en España hay casi cinco millones de personas que viven solas. El acelerado descenso de la natalidad y la desintegración de las familias han extendido esta “epidemia silenciosa”. Hay países que incluso se plantean la creación de Ministerios de la Soledad para combatir este gran problema social.

Ante este drama, lo fundamental es devolver a estas personas la esperanza y un sentido para vivir. El sufrimiento no proviene del hecho de estar solo, sino de creer que estás solo porque no le importas a nadie y nadie te ama.

Pero usted y yo sabemos que esto no es cierto. Dios, nuestro Padre, nos ama a cada uno como a su hijo predilecto y está pendiente de nuestra existencia en cada instante.

Sin embargo, no basta con saberlo, hay que experimentarlo. En el caso de María, fui testigo de cómo iba abriendo su corazón a Jesucristo a medida que la visitaba y conversaba con ella.

Su rostro se iluminaba especialmente cuando yo le llevaba el Santísimo Sacramento y ella recibía el perdón de sus pecados en la confesión. Esta presencia de Jesucristo en los sacramentos se convirtió en el auténtico remedio a su soledad.

Hoy María es la prueba de que se puede vivir solo y ser plenamente feliz. Ofreciendo sus sufrimientos, se une a Cristo en la cruz y ayuda a la salvación de las almas. Y sabe que en el cielo le espera la verdadera Vida.

Este es el sentido último de nuestro ministerio sacerdotal: llevar a Jesucristo a todos los hombres, y que en su encuentro con

Él experimenten que solo Dios da sentido a la vida.

Y la realidad es que, como dijo nuestro Señor, La mies es abundante y los obreros pocos (Mt. 9, 35). Son muchas las personas que todavía no han experimentado la presencia real de Jesucristo. Por eso, el mundo necesita más sacerdotes que dediquen su vida a esta labor.

Para que esto sea posible, muchos más jóvenes tienen que decir que “Sí” a la vocación sacerdotal. Nosotros estamos llamados a rezar para que respondan a la llamada y a sostenerles con nuestras oraciones y ayuda económica durante su etapa en el seminario.

En los 22 seminarios de nuestra congregación hoy se forman 994 jóvenes (433 en seminarios menores y 561 en seminarios mayores) con gran entrega para poder hacer presente el día de mañana el reino de Cristo en la Tierra.

Como le comentaba, sostener a estos seminaristas depende de cada uno de nosotros. A usted, Dña. María del Perpetuo Socorro, le quiero pedir que rece insistentemente por ellos y por cada uno de nosotros, sus formadores. También le quiero pedir que, si está en su mano, nos ayude a sostener económicamente a uno de estos jóvenes con un donativo periódico de 12 € al mes.

Sus oraciones y donativos verán su fruto cuando estos jóvenes, una vez ordenados sacerdotes, hagan presente a Jesucristo llevando la verdadera esperanza a todos los que no encuentran el sentido de su vida por culpa de la soledad. Juntos podemos combatir esta gran epidemia que asola a nuestra sociedad.

Unidos en oración,

 

 

P. José Félix Medina,
L.C. Rector del seminario de Salamanca

 




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